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Desde hace un tiempo las empresas españolas han internalizado completamente la necesidad de un departamento de Prevención de Riesgos Laborales (PRL) en el que se cuida de tratar de garantizar un lugar adecuado de trabajo para los empleados y las empleadas de dicha empresa. Esto se centra sobre todo en  la buena señalización de zonas peligrosas (como lo son desniveles o zona de paso de maquinaria), la obligatoriedad de la utilización de material de seguridad (guantes, calzado…) y todo aquello que puede suponer un daño físico a los trabajadores de la empresa.

Pero, ¿qué hay de aquellos peligros relacionados con algo más intangible, algo menos visible pero no por ello menos importante? ¿Qué pasa con los daños no tanto físicos, sino los mentales? Estos son los riesgos psicosociales.

Y estos riesgos derivados tanto de factores organizativos como la dirección o la comunicación interna, el tipo de trabajo y la claridad con la que se le presenta al trabajador, la carga mental derivada de este trabajo, los tiempos de trabajo y descanso y las relaciones interpersonales de los propios trabajadores, afectan a la vida diaria. No sólo perjudican a las personas en su puesto de trabajo, sino que son potencialmente dañinos en otros ámbitos de la vida diaria.

Un comercial agobiado por las ventas puede ver afectada su relación con su pareja y un técnico en recursos humanos puede ver cómo se deteriora día a día su relación con sus hijos adolescentes. Pero, ¿y si llevamos esta situación de estrés, esta sensación de falta de capacidades para afrontar los problemas que nos surgen, a la carretera? Los resultados son claros. Uno de cada diez accidentes laborales es un accidente de tráfico. Esta realidad afecta directamente a cerca de 60.000 personas al año en España y provoca 220 muertes anuales, según datos correspondientes a 2011.

Esto ocurre porque nuestra capacidad de conducir se ve afectada al padecer ansiedad prolongada en el tiempo (supondría un déficit en la capacidad de atención al entorno y una hiper-sensibilización a los estímulos que podría provocar reacciones inadecuadas y peligrosas a algo tan simple como el choque de un mosquito contra la luna del coche), episodios depresivos, pérdida de facultades cognitivas tan vitales para la conducción como es la atención, y un aumento de la irritabilidad que genera unas actitudes violentas, o puede suponer el abuso de sustancias (alcohol, drogas…).

Muchas son las cosas que pueden pasar en relación a este peligro  real, pero mucho también es lo que pueden hacer las empresas y sus directivos velando por sus trabajadores, por la calidad de su puesto de trabajo, por el trato que les dispensan, las tareas que les encomiendan…

Mucho es lo que se puede hacer aún por reducir estas cifras de las que tanto hablamos.

 

Luis Cendrero

Psicólogo de la Asociación Estatal de Víctimas de Accidentes DIA

 

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